Prólogo
Es mi intención aquí empezar a practicar para escribir, trabajando tanto el diálogo como la descripción, la estructura… como otros elementos que, conectados entre sí, componen, al fin y al cabo, el relato en abstracto. Este es mi primer relato serio en cuanto tal.
El concepto detrás de este relato es uno simple: “now write a book about stars in love” de @conceptsbot (Twitter).
Mi intención es, en el futuro, escribir una novela ambientada en el futuro socialismo internacional. Sobre ésta poco más puedo decir por ahora, se está gestando, pero es importante tener en mente que escribo relatos con este objetivo en mente y con un motivo incluso ulterior a este primero: empezar a dotar de realidad el socialismo en nuestras mentes, expresar el cómo lo imaginamos, lo cual será histórico también; de la misma manera que el futuro, visto desde el feudalismo, era extraño a vistas de los que vivimos el capitalismo, el futuro proyectado desde el capitalismo distará del socialismo pero tendrá valor. En términos filosóficos, será otra expresión de la dialéctica reflexiva de la clase trabajadora en su “verse en el futuro”, lo cual no debe ser, en ningún caso, excusa para refugiarse en la lectura; la lucha y la formación son tan imprescindibles como imaginarse a ella misma futura, existente, viva, sana y feliz al fin.
Empecé a escribir este relato el 17 de setiembre de 2020 y lo acabé el 23 de octubre de 2020. Dicho esto, espero que el relato sea interesante.
Ahora escribe un libro sobre dos estrellas enamoradas
El concierto
La azul noche se cernía sobre el verde campo, en el que oleaban los frescos vientos de la tardía primavera. El viejo maestro seguía buscando su inspiración con ayuda de las vibrantes cuerdas que rozaba su amada en la guitarra que tomaba en brazos; la melodía, lenta y grave, daba a los oyentes una tranquilidad que se les mostraba en el rostro, los dotaba de imágenes e historias que buscaban. El comedor, lleno con todo el mundo, estaba callado excepto por la guitarrista, contemplando y disfrutando de las azules notas que estaban siendo tocadas. Las cuerdas contaban la historia de una joven que, en aras de su joven madurez, decidía embarcarse en un viaje por las tierras francesas sobre dos manuales ruedas, vestida con ropas del color del día, rodando estridente por las vacías carreteras de los montes y montañas del Pirineo, viendo los viejos castillos y fortalezas erguidas años atrás con sus carteles y sus explicaciones.
Las cuerdas y su energética historia daban energías a las almas de los presentes, gente de todas las edades a quienes categorías actuales como hombre y mujer o rico y pobre ya no se les pueden aplicar; todos ellos, iguales socialmente, felices absolutamente, libres al fin de todo cuanto sufrimos hoy. Todos ellos, usando su tiempo de ocio social para escuchar buenas canciones, comer y reír, miraban cómo la dulce noche tapaba con su mantel de oscuridad todo cuanto el ojo veía. La voz de la guitarrista acompañaba las azules notas en la azul noche sobre los verdes campos mientras todos escuchaban atenta y respetuosamente la nueva canción de su compañera, amiga y camarada. El viejo maestro, cerca de la ventana, se levanta para oír mejor a su amada, buscando en ella algo que él quisiera escribir tanto como ella había trabajado para hacer tal canción; además, no estaba cómodo de la forma en la que estaba sentado mirando al cielo, así que coge una de las tantas sillas y se sienta, intentando no molestar y no hacer ruido.
Las notas acababan, pasando de azul a morado; la guitarrista, una vieja mujer equipada con una boina, de pelos ondulados y blancos, vestida en rojas ropas, una faldilla negra con bordados blancos y unas esparteñas también blancas que coincidían con su tono de piel, estaba acabando de tocar y contar la historia de la joven madura. El público responde al final de la canción con exaltación y alegría; todos habían disfrutado de tales cantares, la emoción les era en todos común, y todos la vivían bien diferente; unos llorando, otros consolando y los pocos restantes celebrándola con la cantautora, Rocío. Algunos entre el público decían de vez en cuando alguna palabra que desconocían los dos viejos, pero era evidente que el mensaje se transmitía igualmente con toda la energía que desprendían todos.
El viejo maestro, con su negra camiseta y pantalones blancos, se acerca a su vieja amante, que tantos corazones había cautivado.
— Parece que vayas donde vayas siempre capturas a los demás, a ver si deberemos detenerte por secuestradora —dice el viejo maestro, con una sonrisa sincera.
— Más te gustaría, Marcos, pero sabes que disfrutas tanto de mis letras como todos —le responde Rocío mientras abraza al viejo.
— Bueno, eso lo decidirá el Comité —dice Marcos mientras apunta y mira de reojo a una de las mesas redondas del comedor, justo en el centro, volviéndole la mirada a Rocío—, pero creo que ya los tienes secuestrados —a los miembros del Comité Local se les ve hablando alegres y repitiendo versos de los cantares que les habían gustado.
— Bueno, eso deberemos comprobarlo —dice Rocío, provocando a Marcos, apuntándole con el índice—. Venga —le coge en un arrebato la mano al viejo, que tantas letras tenía en mente—, ¡vamos a preguntarles qué les ha parecido! —dice mientras empieza a arrastrarlo suavemente hacia la mesa.
Rocío y Marcos, aunque ya estaban en sus setenta años, se mantenían con un espíritu joven. El comedor, lleno de gente y con las mesas a rebosar de comida, iluminado por luces artificiales a las paredes y los techos para no deslumbrar a nadie, era el lugar más cálido y vivo de toda la comarca en ese instante, entre los sollozos y las risas estaba el espíritu del pueblo, feliz consigo mismo.
La mesa del comité
Tras un viaje hasta el centro del comedor, Rocío y Marcos se esperan un momento.
— Camaradas —dice el joven que tenían Marcos y Rocío a su izquierda—, paremos un momento, están aquí para hablar —dice mientras gira la cabeza para los dos viejos—. ¿Qué os trae a nuestra mesa, camaradas?
— Gracias por vuestra atención —dice Rocío, humilde, con una sonrisa y una soltura propia de ella—, mi amigo se preguntaba…
— ¿Qué? —Dice Marcos, exaltado y en tono burlón— Eras tú la que quería preguntar, ¡vieja bruja!
La mesa del Comité Local se echa a reír, despreocupados y disfrutando del buen ambiente que hay por doquier.
— Bueno, no hacía falta exponerme así, viejo gruñón —dice mientras le pisa el pie sin mucha fuerza, ante lo que Marcos se ríe—. Nada, me preguntaba qué os han parecido las canciones, pero a esta vieja le daba un poco de vergüenza —dice mientras se rasca la cabeza suavemente— y parece que este viejo no quiere ayudar —dice con una sonrisa mientras mira al viejo.
— Ay, claro —responde el hombre de la mesa, un joven en sus treinta años, con un bigote grande y un pelo bien largo hacia atrás, vestido con unos tirantes y unos pantalones cortos negros y su característica cinta roja que iba desde la parte derecha del cuello hasta la entrepierna, por delante y por detrás, presente en todos los de la mesa, en los dos viejos y en algunos particulares—. Aunque ninguno aquí sea experto en música, creo que hablo en nombre de todos cuando digo que nos ha encantado —dice, enfatizando y con una cara amable y sincera—. Sin duda, parece que todo el mundo está de acuerdo en esto, ¡sólo basta con mirar alrededor! —dice el joven, levantándose de la mesa y mostrando con la mano abierta que todo el mundo estaba de fiesta, disfrutando de la compañía mutua y del espectáculo—.
— Menos mal —dice Rocío—, siempre acabo con nervios después de las actuaciones, parece que esto no me lo quitará ni la vejez —después de decir esto suelta una carcajada sincera—.
— Y mira que ya has tocado veces, vieja bruja —suelta Marcos, el viejo maestro—, pero siempre tienes estas dudas. ¡A ver cuándo aprendes! —la burla de Marcos no tiene final.
— Cállate, bendito viejo —¡Rocío no dejará una burla sin responder!—, ¡que yo al menos consigo lo que me propongo al final!
— ¡Luego soy yo el cruel, vieja sirena! —se ríen conjuntamente los de la mesa y los dos viejos.— Aún así, gracias por esta noche, nos lo estamos pasando muy bien y con suerte me servirá de inspiración para mi libro, cuando lo publique ya les diré que envíen copias hasta aquí expresamente —dice Marcos, agradecido desde el fondo de su corazón, sin más intención que la verdad—.
— ¡A vosotros por venir! —exclama el joven, entusiasmado.— Cuando comunicamos que vendríais todos se pusieron a leer y cantar vuestras obras casi de memoria, ¡vuestra presencia misma es un regalo para todos! —los de la mesa aplauden en forma de apoyo a su camarada—.
— Con tan dulces palabras ahora ya no sé quién es la sirena, ¡si yo o tú! —dice sobresaltada Rocío, que no se esperaba tanta amabilidad.
— Ahora entiendo por qué no la detenéis por secuestradora, ¡si es que sois cómplices! —Marcos, exagerando un espanto y dando unos pasos atrás.
El problema del libro
La noche seguía, bebieron y comieron todos hasta estar satisfechos, recogieron todo cuanto debía ser recogido del comedor y marcharon los más jóvenes a dormir. El viejo maestro y la vieja cantautora, en aras de parar un momento a hablar, marcharon hasta una plaza cercana, dónde los adultos bailaban al ritmo de la música y la Fiesta Mayor continuaba. Marcos quería hablar de sus ideas para su libro, que siempre consultaba con su mejor amiga y amante.
— No me convence mucho, la verdad —le comenta Marcos—. Mi idea era una simple, un diálogo entre dos personas bajo la noche, pero no consigo tener un buen hilo. No sé cómo hacer que este libro sea interesante de leer si sólo son dos personas hablando en la noche —dice mientras alza los brazos de frustración, y por ello mismo se le cae el bastón—. Ay, ¡mecachis! —se agacha para volverlo a coger y ponerlo bien—.
— Bueno, querido, a veces no todo es fácil, ya bien lo sabes —le dice mientras le pone el brazo en la espalda para darle ánimos—. Puede que tengas la vista tan puesta en el suelo que has perdido el cielo.
— Ya, sé a lo que te refieres, gracias por escucharme querida. Debería mirar más las estrellas y dejar que mi mente reflexione un rato —dice mientras se pone cómodo en el banco, cruzando los brazos por la espalda y poniendo la cabeza encima—.
— Tampoco te ofusques con ello, la paciencia es la virtud del temperamento, ya lo decía Aristóteles hace ya dos mil quinientos años —Rocío le empieza a rascar la cabeza mientras ella se pone cómoda, poniendo la mano encima del respaldo y la cabeza sobre esta—. No explotes y tampoco lo dejes pasar hasta el infinito, espera hasta que te veas con corazón para escribir como quieres, que no hay prisa.
— Me gustaría que la vieras acabada, que ya somos los dos viejos —dice mientras gira la cabeza para mirar a Rocío a la cara—.
— Caramba, que me conservo aún bien, ¡qué te has creído! —dice la vieja, en la que las arrugas ya abundaban, y lo mismo podía decir el viejo—. Aún podremos vivir 10 años más fácilmente, tampoco hay casi enfermedades que no estén en vía de poderse curar como antaño.
— Tu padre ayudó muchísimo a ello, siempre fue su orgullo y su satisfacción ayudar a tantísima gente —la sonrisa que tenía Marcos era la más dulce del mundo en ese instante.
— Nos quiso a todos siempre, fue precioso cuando le pusieron su nombre a esa estrella —dice mientras señala al cielo—.
Los dos se quedaron en silencio, mirando al cielo, diez minutos. Imbadidos por los recuerdos, unos recuerdos dignos de una de las personas más virtuosas que conocieron. Entonces Marcos tuvo una idea para su libro; la idea, como un pájaro en un pantano, sobrevoló el agua y se vio reflejado en ella; ahora el pájaro estaba dentro del pantano, al igual que la idea estaba ahora en Marcos.
— Cariño, ¡creo que lo tengo! —dice, entusiasmado y con una alegría encima enorme.
— ¡Bien hecho cariño! —los dos viejos, de forma tierna y alegre, se abrazan.
— Antes que nada, ¡me la debo apuntar antes de que se me olvide! A ver dónde estaba la libreta… —El viejo empieza a rebuscar dentro de su bolsa, de donde saca muchos y diversos objetos que le suelen ser útiles.
— Cada día estás peor, querido —dice Rocío, que le para los pies y le saca la libreta de la bandana, que tenía colgando de allí su libreta.
— Gracias, eres un cielo —la besa en la mejilla con fuerza y amor, sonrojados ambos.
— Ahora sí, ¡toca apuntar!
Con la libreta en mano, que estaba llena de ideas ya usadas y de garabatos que o podían ser dibujos o frases ilegibles, apuntaba el viejo maestro su nueva idea.
— Viejales, ¿me la contarás? —pregunta ella, curiosa.
— Uf, no te contaré mucho, que quiero que sea una sorpresa para ti. ¡Qué ganas de escribirla y que la leas! —las energías que guardaba el viejo estaban ahora a flor de piel, su felicidad era la felicidad de Rocío y viceversa.
— Qué me dices, ¿quieres unirte a los demás y bailar un poco? —dice ella, mientras se levanta y le ofrece la mano.
— Y tanto, ahora que ya sé qué quiero escribir ya puedo bailar tranquilo —le coge la mano mientras se apoya en su bastón para levantarse con más facilidad.
Los dos viejos se unen a los demás, que bailando se encuentran. La noche pasa, el baile cansa a todos y duerme el pueblo para recobrar sus energías.
Visita partidista
Ya en el comedor, al día siguiente por la mañana, Marcos y Rocío, charlando de todo y de nada, aparecen los camaradas del Comité Local para dar un anuncio a todo el mundo.
— Camaradas —dice una mujer muy joven, vestida con una camisa a cuadros azul y blanca y unos pantalones marrones con la característica bandana roja del Partido—, perdón por la molestia y gracias por vuestra atención —agacha la cabeza en señal de respeto y vuelve a alzar la cabeza—. Soy Alicia, la nueva Responsable de Transmisión del Comité Local. Hoy ya volvemos a trabajar como siempre, así que dad lo que podáis y se os dará lo que necesitéis, a ver qué nuevo tenemos hoy. Y recordad de dar vuestras opiniones sobre la fiesta de ayer y hablarla con quienes tengáis cerca. Mañana ya colgaremos el horario para la séptima demana y todas las actividades que harán los centros culturales que tenemos. Nada más, ¡que aproveche y buenos días! —dice con una sonrisa en la cara, contenta de haber conseguido salir sin ningún problema a hablar ante todo el pueblo.
Después de salir a anunciar esto, la gente del Comité Local la felicitan en su primera acción, y vuelven hacia el edificio del Partido, el cual está al lado del Comedor Central y los Dormitorios. El recinto del Partido de este pueblo no es muy alto, pero bastante ancho y con tres edificios principales, conectados por un jardín interior y común donde los niños corren y juegan, con caminos blancos y negros, una fuente en medio, rodeada de los árboles autóctonos y una gran estatua de cobre ahora ya verde de un puño alzado. En él donde están inscritos los nombres de los revolucionarios locales junto con una pantalla donde se enseñan fotos de estos militantes del pasado en su día a día bajo la que siempre abundan las flores; los edificios de los lados, que tienen los colores blanco y con senefas de los más diversos colores en los bordes de las paredes, están a la altura del suelo y cuentan con una puerta de vidrio fácil de abrir para todos y todas.
El edificio principal, donde están las oficinas principales de los responsables, carece de puerta; el que quiera puede entrar y fisgonear, pero nadie tiene razón para hacerlo: el Partido y el Comité Local siempre son transparentes con todos, ayudan cuando se lo piden y hacen la vida más fácil para todos y todas, se encargan de la administración más cansada (que ya es poca) y tienen vía directa con el ala izquierda, donde residen las comisiones de cada responsabilidad y donde van las órdenes directamente, a la vez que desde estas comisiones pueden subirse directamente comentarios, críticas y demás cosas, luego está el ala derecha, que es el centro de formación de nuevos cuadros, la escuela. El ala izquierda se llama Àngela Rius, el ala derecha Max Carmel y el edificio central carece de nombre, se le conoce como el Edificio del Partido.
Volviendo a los dos viejos, Marcos y Rocío, desayunando con calma, deciden acabar de comer y se acercan al recinto del Partido. El sol ilumina los árboles y el viento los hace bailar con suavidad, la gracia les es propia.
— La verdad es que este recinto es precioso —dice mientras da vueltas sobre sí misma, con los brazos abiertos—, los edificios no atacan estéticamente, la risa de los niños es relajante, los árboles se balancean, no hace calor… Alguien lo ha pensado mucho para que sea tan bonito y tan agradable, y ha hecho un increíble trabajo.
— Ni que lo digas, deberemos preguntar si el arquitecto sigue vivo para pedir orgánicamente que ayude el de nuestro pueblo, que ya está viejo y un poco apretujado con la reciente creación de las nuevas responsabilidades —dice Marcos, aún fascinado por el magnífico recinto que presenciaba.
— Ven, vamos a ver la estatua en forma de puño, hay muchas flores hoy también —se adelanta Rocío, entusiasmada por todo lo que la rodeaba.
— Ahora vengo —Marcos no puede ir tan rápido, el bastón no es un tren, a diferencia de Rocío.
Los niños, que estaban jugando sobre el césped y bajo los árboles, rodeados de verde y de risas, ven a la señora Rocío y salen corriendo del recinto tras murmurar entre ellos algo.
— Qué curioso, han huido los jovenzuelos. Espero que no sea nada —Marcos se preocupa, pero no demasiado—. Mira todos los nombres que hay inscritos en el puño —se acerca a ella para leerlos, al menos superficialmente.
— Anda, ¡si está mi apellido! —exclama Rocío, tras un rato buscando.
— Mujer, que esa persona tenía un nombre además del apellido… —se ríe el viejo maestro.
— Tienes razón —se ríe ella también.
— Esto me trae recuerdos de la estatua que tenemos en nuestro pueblo con los nombres de nuestros revolucionarios. Es sorprendente que en cada lugar haya gente para nuestra causa —dice Marcos en un momento de reflexión—. El carácter de nuestra lucha verdaderamente es internacional —dice mientras asiente—, como bien decían los grandes maestros.
— Ni que lo digas —dice sin apartar mirada del puño—, incluso entonces ya empezaron a saber de hoy. Es, sin duda, tierno a la par que sorprendente. La dialéctica y la historia son sin duda increíbles.
De repente se vuelven a oír risas de los jovenzuelos que antes habían huido, y volvían con una guitarra y unas cuantas panderetas. Uno de los niños se acerca a Rocío, que no lo había visto, y tira por detrás de la bandana roja con suavidad, llamando la atención de la anciana guitarrista.
— Ay, dime, hijo —pregunta Rocío.
— Hola señorita Rocío, me llamo Marc, yo y mis amigos —señala al grupo de niños— nos preguntábamos si querría tocar algunas canciones en el jardín, ¡que hace muy buen tiempo y a usted se le da muy bien! —dijo el jovenzuelo con unos ojos dulces como la miel y azules como el cielo.
— Ay claro, sentémonos lejos de la fuente que así me escucharéis mejor —dice la anciana Rocío mientras va a a sentarse en el césped, bajo un árbol—. Dime Marc, ¿cuántos años tienes?
— ¡Muchísimas gracias, señora Rocío! ¡Es usted un ángel! —Se gira y les hace con el brazo a sus amigos para que vengan hacia allá.— Ah, y tengo 7 años, adoro tocar la guitarra, ¡así que aprender de usted es todo un honor!
— Jovencito, aunque arrugas haya en mi cara tengo el espíritu más joven que tú, ¡así que de ahora en adelante no me llames señora ni te refieras a mi de usted, que me hace sentir aún más mayor! —ríe mientras afina la guitarra.
— ¡A sus órdenes! —dice el joven mientras reproduce un saludo militar, en tono burlón pero honesto.
— Ay, Marcos —dice girándose hacia él—, querías hablar eso con el Comité Local, ¿no? Adelántate, que voy a tocar la guitarra un rato para los jovencitos, confío en tu criterio —sonríe y se vuelve a los críos.
— ¡A sus órdenes, señora! —dice en tono burlón, copiando al jovencito mientras se va hacia el Edificio del Partido.
— Suerte tienes que la paciencia me es abundante, viejo lento —acaba de afinar y se vuelve a dirigir a los niños pequeños—. Decidme, jovencitos, ¿qué canciones queréis que toque? Sé algunas populares y todas las mías, ¡así que decidme!
Se escucha una marabunta de propuestas de los niños impacientes y la risa distante de Rocío. Marcos, con una sonrisa en la cara, sigue adelante y entra en el edificio del Partido.
Dos papiros
A la izquierda de la entrada se encuentra la secretaría. Marcos se acerca a ella cuando el secretario lo ve.
— Anda —dice el secretario, sorprendido—, señor Marcos, no me esperaba que viniera aquí. ¿Qué se le ofrece? —El secretario, que había estado jugando con un cubo de rubik, estaba honestamente interesado.
— Bueno, realmente es poca cosa, sólo me preguntaba si podría reunirme con el Responsable de Territorio del Comité Local.
— ¿El camarada Augusto? Claro —empieza a teclear con rapidez—, ¿cuál es la razón si se puede saber?
— Querría hablar sobre residir temporalmente aquí, para entablar comunicación y hablarlo bien —a Marcos le daba un poco de vergüenza, pero la amabilidad del secretario allanó el camino.
— Vale, ya le he notificado y me ha dado su visto bueno, adelante —dice mientras señala unas escaleras que suben hasta la primera y última planta.
— Antes que nada, para no perderme, que la edad ya me tiene en vilo, ¿cuál era el nombre del Responsable? ¿Y qué sala tengo que buscar? —el viejo maestro era verdaderamente viejo cuando no estaba centrado.
— Si quiere le puedo acompañar —dice el secretario mientras se levanta.
— No hombre, no, no te molestes —picando con el bastón en el suelo para hacerse oír.
— Como desee —asiente y se sienta—. El Responsable es el señor Augusto, la sala es la que está a la derecha del cuadro azulado.
— Gracias joven, ¿cómo te llamas?
— Francesc, señor, soy un lector de sus obras —dice mientras saca un libro del cajón, un libro que el viejo maestro reconoce al momento.
— Anda —exaltado y abriendo los ojos de par en par—, así que te estás leyendo mis obras, no sabes lo que me alegra ver qué mi tiempo invertido sirve para los demás —dice mientras sonríe de oreja a oreja y se pone la mano en la cabeza, avergonzado y alegre.
— Sin duda, señor, sus obras son como el olor del viento, agradable y suave…
— Menos cuando se siembra el campo con abono —ríen ambos—. Sin duda también he tenido obras que son abono, pero todo forma parte de lo que he sido y lo que soy, así que sólo queda leerlas y valorarlas.
— Bueno, no le molesto más, vaya con el señor Augusto que ya le debe estar esperando.
— Espera, déjame escribir algo en el libro, dedicarlo al pueblo donde yace —busca un bolígrafo en su bolsillo y coge el libro, donde escribe “estos libros darán luz a quien la busque y a quien la necesite, disfrutadlos por todo lo que queda de mundo, firmado, Marcos”.
— Muchas gracias señor —coge el libro y agacha la cabeza levemente.
— A ti, que me has ayudado mucho. Estaré un año por aquí, así que seguro que nos veremos —va hacia el ascensor mientras alza el brazo para decirle hasta luego.
El viejo Marcos, viendo los distintos y bellos cuadros que colgaban de las paredes, encuentra el cuadro azul que buscaba y entra al fin al despacho del Responsable de Territorio.
— Perdón por la tardanza, la vejez y la amabilidad me paran siempre que pueden —dice mientras se acerca a una silla para sentarse, poco a poco.
— No te preocupes, camarada Marcos, no tengo prisa.
Augusto era un hombre alto y calvo, ya pasada su juventud y vestía con una camisa verde y con flores amarillas por doquier, unos pantalones blancos y suaves, con mocasines marrones como zapatos; estaba para enmarcar. Encima de la mesa de la oficina había muchos documentos y mapas de la zona; al fin y al cabo, era la responsabilidad de Territorio la que se encargaba de cómo expandir la ciudad, mantener el censo en orden, planificar vías de transporte público… dentro del Partido; luego haría las propuestas y las expondría para que se votaran debidamente.
— Verá, camarada —ya sentado, reposando la espalda y las piernas en la silla—, yo y mi querida Rocío querríamos vivir aquí cerca de un año por intereses artísticos. Ella querría escribir canciones y yo escribir un libro.
— ¡No me digas! —dice mientras se levanta de la silla de sopetón con la sorpresa de la noticia; en la cara yacía una alegría que sin duda no se esperaba tener hoy— ¡Y yo preocupado por si querías una calle a tu nombre o algo! —se vuelve a sentar, riendo y descansado de la tensión que la idea le había dado—.
— Hombre, a una calle no le diría que no… —Marcos, ya que estaba, intentaría rascar de donde pudiese.
— No te atrevas, ¡que ya no nos quedan calles sin personajes importantes de este pueblo! —dice mientras ríe, pero su nerviosismo había vuelto.
— Ay caramba, qué remedio —se encoje de hombros cómicamente, exagerando.
— ¿No era un año, verdad? En principio no debería haber ningún problema, siempre puedo proponerlo como invitados del Partido… —dice el responsable mientras se rasca el lugar donde yacían sus cabellos y empieza a buscar la plantilla para estos procesos.
— Sí que era un año —dice mientras se levanta y se acerca para ver el documento del responsable a su lado—. Y, la verdad, preferiría pasar a vivir aquí con apoyo popular y no como invitado del Partido… —se aleja del documento y pone la mano en su presente cabello por la molestia que cree que supone su petición.
— No me dirán luego que los artistas son gente normal… —dice con una sonrisa en la cara—. Tranquilo —levantando la vista para mirarle a los ojos con una sonrisa tranquila—, no es ningún problema, lo podemos hablar hoy a la hora de la cena.
— Me iría perfecto, la verdad —vuelve a su silla y se sienta otra vez.
— No más demora se hará, camarada. Y ahora, sobre las informaciones pertinentes… —dice mientras busca la extensión lectora de tarjetas.
— Claro, aquí tienes mi tarjeta popular —dice mientras le da una tarjeta con colores amarillos y verdes—. ¿No necesitas la del Partido, verdad?
— No la necesito, cierto —pone la TP en el lector y se la devuelve—. Con esto ya sólo me falta la tarjeta de Rocío y ya está. ¿Está fuera?
— Sí, que antes los niños del jardín le han pedido que les toque algo con una guitarra —dice mientras se le esboza una sonrisa en la cara—. No puede negarse ante la juventud, es una de las tantas cosas que me gustan de ella.
— No lo dudo, es cariñosa con todos y amable, y parece que tú no eres diferente a ella al respecto —dice mientras se respalda cómodamente en su silla, haciendo un poco de ruido de usada.
— Sólo quieres que te firme un libro, ¿verdad? —dice Marcos, habiendo pillado al estratega.
— No será mentira que no se te escapa ni una, madre mía, ¡qué intuición la tuya!
Augusto se levanta de la mesa y se dirije a la biblioteca de su despacho, donde yacen aún más libros y documentos sobre la localidad y, en un pequeño rincón, junto con obras de grandes clásicos como Shakespeare y Goethe, el viejo maestro. El libro que sale es uno con una ilustración de negro sobre amarillo, tapa dura y con el título de “Las cuentas de los cuentos”. Al verlo, al viejo maestro se sorprende, esta obra no era una directamente suya sino un recojido de cuentos de antes de empezar a publicar obras más extensas, obras de juventud que publicaba en revistas de cuentos donde empezó a hacerse con renombre por los elementos fantásticos que incluía él en estas.
— No es el más nuevo de los libros, pero es el que más disfruto leyendo, la verdad —dice Augusto, con una cara apaciguada y con evidente felicidad.
— Me halaga, espero que los puedas seguir disfrutando tanto como hasta ahora o más —dice Marcos con una sonrisa de par a par—, no hay nada que desee más en el mundo.
— ¡No dudes que eso haré! Y no te molestes, ya le digo a mi comisión que vayan en un momento a por la tarjeta popular de Rocío, que no quiero hacerte hacer el viaje con lo delicado que ya estás.
— Gracias por todo —da la mano en señal de agradecimiento—, voy a salir ya —levantándose de la mesa—, a saber si los niños han dejado a Rocío de una pieza, ¡que tenían muchas energías! —Se dirije a la puerta.
— No vayas con prisa —avisa Augusto, levantando a media altura la mano abierta para señalar pausa—, ¡que siempre tienen energías y a veces se la transmiten a los demás!
— Ojalá sea verdad —dice mientras sale por la puerta—. ¡Nos vemos luego!
Periplo musical
El viejo maestro, saliendo del edificio principal, se encuentra que se ha creado una pequeña multitud alrededor de Rocío y se acerca a escuchar una vez más las cuerdas que hace vibrar. Mientras va tocando ella deja a todos embobados, el viejo maestro incluido; ante la virtud en la música uno no se hace resistente. Alza la vista la buena guitarrista y ve al viejo maestro y le sonríe. La canción sigue como antes, pero se la ve más dulce aún. Los niños desean que nunca acabe, pero saben que va a pasar, quieran o no. La canción yace ya quieta en el suelo y la guitarrista se dirije a Marcos.
— Anda quién ha llegado al fin —dice Rocío mientras lo abraza—. ¿Te han hecho un tour de todo el edificio o qué, viejo perdido?
— Solo me pierdo en tus ojos, cielo —le da un beso en la mejilla—, y no te he visto dentro, obviamente —dice, burlón—.
— Aún me pregunto cómo me conquistatse con estas frases —dice mientras ríe—. ¿Qué tal ha ido?
— Perfecto, lo hablaremos esta noche con todos.
La multitud que había alrededor se preguntaban de qué hablaban los dos, pero no le dieron mucha importancia.
— ¿Así que estabais aún escuchando a esta vieja, eh? —dice Marcos, dirigiéndose a los demás.— Mirar está bien para aprender, ¡pero vayamos a ver qué tan bien podemos hacerlo todos juntos! —Le coge la mano a Rocío y se empieza a dirigir hacia la salida del jardín.— ¿Dónde está el edificio de artes de aquí?
Los niños y algunos adultos que estaban también espectantes exaltan de emoción. Los más pequeños saltan a correr para ponerse delante de los decididos viejos por el camino principal del jardín y empieza a formarse un pequeño grupo que va hacia el edificio de artes, que estaba a dos manzanas.
El edificio de artes, llamado Edificio Lissitzky en honor al artista soviético, era uno que llamaba fácilmente la atención. Era grande, de base cuadrada y de gran altura para dividir por pisos los distintos artes humanos. Todo el exterior estaba pintado por los colores blanco, negro, gris y rojo, estando en rojo sólo figuras geométricas siendo señaladas por los triángulos negros y grises de muchas formas diferentes. Siempre había las ventanas de la segunda planta abiertas de par en par, la planta de la música, y cuando se pasaba cerca siempre se escuchaban músicas que llenaban las calles de más vida de la que ya había en ellas.
Los niños cogieron los instrumentos de percusión y algunas trompetas, y algunos de los adultos cogieron violines y cellos. La gente que ya estaba en el edificio de artes tocando instrumentos musicales hablaron con este nuevo grupo espontáneo y curioso para que les dejaran algunos instrumentos que necesitarían, y de esos no cogieron más que los suficientes. Entonces bajaron a la entrada todos y Marcos preguntó:
— ¿Estamos todos? ¡Perfecto! —exclama el viejo maestro.— ¡Vayamos a llevar la música a la cocina, que los chefs seguro que lo agradecen!
— ¡Espera, viejo impaciente —dice Rocío, cogiéndole de la roja bandana que lleva como sus camaradas—! Decidme, jóvenes y viejos, ¿qué canciones tocaremos?
— Anda, es cierto, ¿qué canciones conocéis aquí?
La pequeña multitud sabía bien qué canciones querían tocar y cómo. Canciones de resistencia, con guitarra individual como protagonista y acompañamientos varios, canciones populares que ya hacía años que corrían entre el pueblo desde antaño, que corrían en la propia sangre del pueblo trabajador español. Al saberlo, Rocío y Marcos aceptan y dirigidos ya conjuntamente con gran entusiasmo marchan hacia la cocina, que yacía también cerca. Por el camino se intentó afinar con prisas algunos de los instrumentos, sobretodo los violines, que eran más sencillos que los volumptuosos cellos, y cuando se llegó a la cocina se encontraron con que estaban llegando los camiones de las localidades cercanas con sus productos propios. Rocío empezó a tocar las cuerdas de la guitarra, que llamó rápidamente la atención de quienes trabajaban.
La canción
Los primeros segundos de la canción eran sólo la guitarra de la vieja Rocío, introduciendo el tono de la canción y el ritmo; todos estaban atentos para coger rápido el tempo, e incluso los más pequeños se notaba que habían aprendido de alguien que disfrutaba de la música y que compartían tan sana afición. Empezaron quienes tenían voces graves, que generalmente eran quienes hoy en día serían llamados hombres, acompañadas de los cellos lentos; cantando al unísono.
— Dime dónde vas, morena
Dime dónde vas, salada
Dime dónde vas, morena
A las tres de la mañana
Entraron entonces algunos violines, siguiendo las notas de las voces de la canción con tristeza y pesadez; a cantar las voces de los niños y las voces agudas.
— Voy a la cárcel de Oviedo
A ver a los pacifistas
Que los tienen prisioneros
Esa canalla fascista
Al decir la palabra “fascista” sonaron estruendos con forma de trompeta, picando sobre las paredes de los edificios y las casas. Ya la cocina estaban cantando también la canción y moviéndose al ritmo de la música sin parar de cocinar. El olor de la verdura hervida, el pescado el gran horno, una salsa romesco… Embriagaba a cualquiera, y la música sólo acentuaba aún más esa sensación común en todos.
Ahora cantaban ambas voces y los instrumentos se complementaban de forma libre, y en la vuelta del estribillo los “dime morena” y “dime salada” eran hechos pero por las trompetas, no por voces. Siempre se hacía silencio general para el solo de guitarra en los dos últimos versos de este estribillo, cantando todos al unísono.
— Si te quieres casar
Con la chica de aquí
Tienes que ir a Madrid
A empuñar un fusil
Si te quieres casar
Con el chico de aquí
Tienes que ir a Madrid
A empuñar un fusil
Ahora cantaba sólo Rocío y sonaba su guitarra con más fuerza que antes ante el silencio en el que se encontraba.
— Dime por qué vas llorando
Cuando recién te levantas
Dime por qué vas llorando
Dime por qué ya no cantas
Sonaba igual sólo la guitarra, pero quienes cantaban eran ahora todos excepto Rocío. La fuerza de las voces no aplastaba la sola guitarra, aunque sí que era difícil escucharla.
— Yo lloro por mis hermanos
Yo lloro por mis valientes
Que los tienen prisioneros
En jaulas de fierro ardiente
Volvían ahora al igual que antes el estribillo.
— Si te quieres casar
Con la chica de aquí
Tienes que ir a Madrid
A empuñar un fusil
Si te quieres casar
Con el chico de aquí
Tienes que ir a Madrid
A empuñar un fusil
Sonaban ahora todos los instrumentos. Los violines acompañaban las voces, al igual que la guitarra; las trompetas estribaban por doquier al acabar el primer, segundo y cuarto verso; los cellos ahora sonaban vibrantes, inquietos por la tragedia que se había hecho.
— Dime qué llevas, morena
En esa jarra cerrada
Dime qué llevas, morena
A las tres de la mañana
Llevo la sangre que corre
Por las llanuras de Soria
Pa’ tirarla a los fascistas
Para que tengan memoria
Acabaron la canción y se oyó tanto a los cocineros como a los transportistas un aplauso que se extendió a los edificios cercanos. Un pequeño grupo siguió tocando músicas populares locales e internacionales, mientras que los demás irían preparando las mesas y llevando los platos a sus lugares, que la hora de comer se acercaba, aunque no sin antes devolver parte de los instrumentos al edificio de artes Lissitzky.
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